Cada orgasmo era una nueva muerte, de esas pequeñas muertes del instante presente que luego se añoran con nostalgia. Porque lo destructivo no fue la violencia con la cual nos maltratamos tiernamente, lo destructivo no es el deseo, lo aniquilante es el querer, la inevitabilidad del sentimiento.
A Borges le dolía una mujer. A mí me duele un hombre, a mi me duele un hombre en todo el cuerpo.
(...) y en tu bella cicatriz. Parece sangre y sin embargo sonreís.
Voy a sonreir como si nada estuviese mal, hablar como si todo estuviese perfecto, creer que estoy cumpliendo uno de mis sueños sabiendo que nunca sera realidad y hacer de cuenta que no me haces daño.