Cada orgasmo era una nueva muerte, de esas pequeñas muertes del instante presente que luego se añoran con nostalgia. Porque lo destructivo no fue la violencia con la cual nos maltratamos tiernamente, lo destructivo no es el deseo, lo aniquilante es el querer, la inevitabilidad del sentimiento. A Borges le dolía una mujer. A mí me duele un hombre, a mi me duele un hombre en todo el cuerpo.
(...) y en tu bella cicatriz. Parece sangre y sin embargo sonreís.
Cierro los ojos y me figuro enterrada diez metros bajo tierra. Y puedo sentir…la respiración desvaneciéndose lentamente, los impulsos inútiles por querer volver a la superficie, la guerra entre la vida y la muerte, las ansias por continuar viviendo y el paradójico deseo de querer finalizar con todo, el impulso condicionado por querer permanecer en el juego y la solución cobarde de abandonarlo sin haberlo ganado o perdido, sin haber seguido mezclando las cartas formando nuevas combinaciones.
Poco a poco mi vida va figurándose ante mis ojos, diversas personas se asoman con los recuerdos pero todo es tan efímero, ninguna se quedará para siempre, ninguna está allí para devolverme el aire que me está faltando. La vida se me escurre de las manos y todo alrededor es tan oscuro, es tan oscuro.
Hago esfuerzos por respirar pero el aire comienza a acabarse, el fin se aproxima y no hay nadie allí que pueda oír mi llanto, y no hay nadie en la superficie intentando rescatarme, no hay nadie allí que pueda salvarme…no hay nadie allí más que mi misma.
La pelotuda que escribe se llama
Border
Y NO DESEO MAS QUE MI LOCURA...