Cada orgasmo era una nueva muerte, de esas pequeñas muertes del instante presente que luego se añoran con nostalgia. Porque lo destructivo no fue la violencia con la cual nos maltratamos tiernamente, lo destructivo no es el deseo, lo aniquilante es el querer, la inevitabilidad del sentimiento. A Borges le dolía una mujer. A mí me duele un hombre, a mi me duele un hombre en todo el cuerpo.
(...) y en tu bella cicatriz. Parece sangre y sin embargo sonreís.
Ser complicada por ser complicada.
A todas nos pasa eso de enojarnos por tener ganas y nada más. De buscar complicaciones dónde no las hay. ¿Por qué? El simple hecho de enojarnos hace que la persona que tenemos al lado intente cualquier cosa con tal de que volvamos a estar cómo normalmente solemos estar. Y no sólo por eso, sino por el orgullo y las ganas de escuchar lo que queremos al momento que se nos ocurra. Cualquier cosa puede ser un problema, una mala cara, mala contestación. Cualquier cosa puede cortar una conversación fluida, las risas repentinas, la naturalidad del momento por el sólo hecho de la histeria femenina, de conseguir lo que se quiere, de escuchar nuevamente esas palabras sin la necesidad ni las ganas de volver a tener una discusión pero generándola para provocarlo, para asustarlo, para ver lo que dice porque sabés, sí, sabés que ese no es el final. Tarde o temprano vas a volver a abrazarlo, a volver a decirle esas palabras lindas, vas a volver a pedirle que vuelva y te vas a reír como nunca, vas a hablar fluido, con naturalidad. Después, después histeriquealo.
La pelotuda que escribe se llama
Border
Y NO DESEO MAS QUE MI LOCURA...