Desde hace un tiempo me sucede algo extraño: tengo un pequeño delay a la hora de reaccionar. Escucho noticias que deberían ser devastadoras, y me acostumbro a ellas como si siempre hubieran estado ahí: las naturalizo. Y cuando las considero parte de mi, cuano creo haberlas entendido, viene la tormenta. Esta vez no fue diferente. Escuché la noticia, naturalicé, entendí, y lloré.
Casi como un presagio, algunas semanas atrás escribí lo difícil que resulta aceptar que la comedia romántica que estábamos escribiendo en nuestra cabeza era en realidad una historia de amor que tendría, inevitablemente, un final que jamás se asemejaría al "happily ever after". Es difícil escucharlo, es difícil aceptarlo, y a veces resulta casi imposible poner el punto final.
Yo ayer coloqué el punto final. Desde el sábado que estaba con la escena en la cabeza, y la naturalización que había hecho no me permitía cerrar el guión. Necesité un domingo. Un domingo como el de ayer, que olía a verano. Un domingo pesado y solitario. Una cama desarreglada. Un paquete de cigarrillos. No poder concentrarme en leer y no entender por qué. Caminar de la cama a la cocina y de la cocina a la cama. Escuchar canciones sin prestar atención. Hacer un zapping escandaloso frenando en un canal de noticias que se instalaría como parte del sonido ambiente. Y en ese momento, sin nada espectacular alrededor, entender.
La escena final ya estaba escrita. No había vuelta atrás. No había punto de giro que modificara nada. Sólo faltaba el final, el punto final. Y mi punto final fueron cuatro horas de llanto. Cuatro horas de estar tirada en la cama, mojando la almohada, con los ojos pesados y colorados. Cuatro horas me costó entender que ya no tendría en quién pensar. O, peor, que tendría que pensar en mi. Cuatro horas de asimilación de lo que nunca fue, de lo que nunca será. Cuatro horas. Y punto final.
Después de ese punto final todo fue claridad: la nuestra no había sido una comedia romántica, ni una historia de amor. Y el final feliz existió. El final feliz es éste: yo queriéndote tal vez mas que nunca. Hoy todo estaba igual que siempre. La gente caminaba a la parada de colectivo con ojeras y cara de lunes, los porteros baldeaban las veredas y una señora me robaba el asiento del colectivo. Pero para mi hoy no fue igual, hoy salí a la calle con anteojos negros que tapaban mis ojos todavía hinchados, y sentí el sol de la mañana en la cara, y supe que había hecho las cosas bien. Que había sido valiente. Y sonreí por eso.
Agradezco, entonces, haberme cansado. Haberme cansado de probar con la puntita del pie si el agua estaba fría o no: haberme tirado a la pileta. Agradezco haber tenido alguien que me dijo "dale, mandalo" desde el otro lado del teléfono. Y me quedo con eso. Me quedo con este final feliz. Me quedo con los pocos que sabían de la historia y se enteraron del desenlace casi en simultáneo. Me quedo con el "llamame a la hora que quieras". Me quedo con la compañía eterna vía chat de una amiga incondicional. Me quedo con el respeto de los que leyeron mi "hoy no tengo ganas de hablar". Me quedo con las palabras de un amigo, que leyó mi zambullida, y me dijo "sos una DIOSA". Así, en mayúsculas. Con eso me quedo.
Y brindo por el comienzo de otra historia. Brindo por haberme hecho cargo de lo que me pasaba. Brindo porque no me lastimaste. Brindo por mi valentía. Brindo por tu sinceridad. Brindo por nuestro final feliz.